
Asamblea General de CONFERRE LVII
Padre Hurtado, abril – Octava de Pascua 2026
Mensaje Final
“Caminando juntos, conducidos por el Espíritu, hacia nuevos horizontes”
Como Iglesia peregrina, nuevamente la Vida Religiosa en Chile es convocada a renovar su vida, reaprendiendo a abrazar su historia desde el icónico encuentro entre Nicodemo y Jesús (cf. Jn 3,1-8). Una llamada a “nacer de nuevo” en este camino compartido de sinodalidad latinoamericana y del Caribe (cf. CLAR).
Hoy, aún con la alegría palpable de la Resurrección, que sabe a vida, alba y esperanza, deseamos en comunidad, vislumbrar horizontes donde la tierra y el cielo parezcan unirse; horizontes con nuevas perspectivas e infinitas posibilidades; horizontes renovados, impregnados del Evangelio hecho carne (cf. Jn 1,14), que toca corazones y tiene rostro concreto.
Con Nicodemo queremos “nacer de nuevo” (cf. Jn 3,3): transformar nuestras perspectivas y formas de actuar; redescubrir el verdadero sentido de nuestra vocación; reorientar nuestras prioridades, mirando con renovada misericordia nuestra propia existencia y la del mundo que nos rodea para desde allí encontrar aquello que nos une.
Estamos llamados a resignificar aquello que un día fue importante y nos movilizó, pero que, sin darnos cuenta, se ha ido desdibujando en medio de la rutina, de las dificultades y de un acontecer histórico – nacional e internacional – que muchas veces hace tambalear nuestras seguridades. Tal vez, como en el encuentro nocturno de Nicodemo con Jesús, también nosotros nos descubrimos buscando luz en medio de una realidad que pareciera oscurecer nuestras esperanzas.
Nuestro discernimiento y caminar compartido nos impulsan a dejarnos conducir por el Espíritu Santo, haciéndonos dóciles a sus invitaciones. Él nos abre a la novedad del Evangelio y nos permite reconocer la presencia viva del Resucitado en la realidad concreta de nuestros Institutos. Desde esta certeza nos sabemos llamados a iniciar procesos de conversión permanente, purificando estructuras que nos agobian y abriéndonos a horizontes nuevos que nos llenan de alegría y esperanza. Así, como hombres y mujeres consagrados, reafirmamos que el centro de nuestra vida y vocación es Cristo Resucitado, quien viene a hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).
Desde esta experiencia brotan también desafíos concretos para nuestra vida y misión: encarnar en lo cotidiano la luz del Resucitado, renacer del Espíritu y suscitar una Iglesia más
cercana y humana, donde la indiferencia que nos rodea no nos seduzca ni nos ciegue ante lo visibles en rostros concretos: migrantes, minorías sociales, polarizaciones políticas, violencia de todo tipo y los ecos de guerras que desgarran nuestro mundo. Pero también, y no en menor medida, a reconocer nuestros propios límites y fragilidades. Estamos llamados al cuidado del corazón, así como a la protección y promoción de nuestras comunidades y ambientes cercanos, desde donde brota nuestro apostolado.
Seguimos reafirmando que la vida fraterna es el espacio donde nosotros, religiosos y religiosas de Chile, continuamos edificando nuestra vocación. Es allí donde vivimos la aventura evangélica que inspiró a nuestros fundadores y fundadoras, y desde allí somos llamados a compartir con nuestros hermanos y hermanas lo que hemos visto y oído (cf. Hch 4,20).
El llamado a “nacer de nuevo” debiera dar nuevos bríos a nuestra vocación personal y comunitaria, abriendo caminos de diálogo, de intercongregacionalidad y de sinodalidad para la misión (S.S. León XIV); cultivando una verdadera cultura de la escucha y comunión (S.S. Francisco); promoviendo auténticos procesos de discernimiento. De este modo no caminaremos solos, sino juntos en corresponsabilidad en la única misión del amor.
Ha sido significativo reconocer cómo esta invitación a “nacer de nuevo” nos plantea importantes desafíos: fortalecer la cercanía con los jóvenes, comprender y acoger las tecnologías que están transformando nuestras formas de relacionarnos y la misma vivencia del tiempo y a profundizar en la aplicación del ISE (Integridad en el Servicio Eclesial), particularmente en lo que se refiere al cuidado personal.
Al mismo tiempo, como Conferre Nacional, nos alegramos al constatar el impulso que han ido adquiriendo las conferres zonales con su presencia a lo largo del país, lo cual reconocemos como un verdadero signo de renacer por la acción del Espíritu. Al concluir este mensaje, impulsados por la fuerza del Espíritu y la alegría del Resucitado, queremos seguir caminando con esperanza en medio de nuestra historia, siendo signos vivos del Evangelio en nuestro tiempo. Que la vida religiosa en Chile sea testimonio de comunión, profecía y servicio, especialmente allí donde la vida clama por dignidad, justicia y esperanza.
¡Es tiempo de escuchar y abrazar! (CLAR, 2025)
Agradecidas y agradecidos, no nos cansemos de hacer el bien (cf. Gál 6,9). María Santísima,
ayúdanos a abrir todos nuestros sentidos para el seguimiento fiel de tu Hijo amado.
¡Feliz Pascua de Resurrección!