Testamento de San Francisco

Antes de su muerte en octubre de 1226, san Francisco dictó un documento al que le llamó «mi testamento» y dijo que lo había hecho escribir «para que observemos mejor, católicamente, la regla que prometimos al Señor». San Francisco dijo expresamente a sus hermanos de no considerar este documento diciendo: «“Esto es otra regla”; porque esto es una recordación, y amonestación».

El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, el comenzar de este modo a hacer penitencia…

pues, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos; pero el Señor mismo me llevó entre ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después de un poco de tiempo salí del mundo.

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Y el Señor me dio una fe tal en las iglesias, que así sencillamente oraba y decía…

“Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, pues por tu santa cruz redimiste al mundo.”

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Después, el Señor me dio, y me sigue dando, tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por su ordenación que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría como la que tuvo Salomón, y me encontrara con los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar en las parroquias en que habitan si no es conforme a su voluntad.

“Te adoramos, Señor Jesucristo”

“Y a éstos y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores.”

Y no quiero tomar en consideración su pecado…

porque veo en ellos al Hijo de Dios, y son mis señores. Y lo hago por esto, porque en este mundo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y solo ellos administran a los otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares dignos. Y donde quiera que encuentre en lugares indebidos los santísimos nombres y sus palabras escritas, quiero recogerlos y ruego que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. Debemos también honrar y venerar a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, como a quienes nos administran espíritu y vida.

“…el Señor me dio hermanos…”

Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debería hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente, y el señor Papa me lo confirmó. Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener (Tob 1,3); y se contentaban con una túnica, reforzada por dentro y por fuera, con el cordón y los calzones. Y no queríamos tener más. Los clérigos decíamos el oficio según el uso de los demás clérigos, y los laicos decían Padrenuestros; y muy gustosamente permanecíamos en las iglesias. Y éramos iletrados y estábamos sometidos a todos.

“Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar.”

Y quiero firmemente que todos los demás hermanos trabajen en algún trabajo humilde y honesto.

Y quiero firmemente que todos los demás hermanos trabajen en algún trabajo humilde y honesto. Los que no saben, que aprendan, no por la codicia de recibir la paga del trabajo, sino por el ejemplo y para desechar la ociosidad. Y cuando no nos den la paga del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta. El Señor me reveló que dijésemos este saludo: El Señor te dé la paz.

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Guárdense los hermanos de recibir en modo alguno iglesias, pobrecillas moradas y todo lo que para ellos se construya…

si no es como conviene a la santa pobreza que prometimos en la regla, hospedándose siempre allí como extranjeros y peregrinos. Mando firmemente, por obediencia, a todos los hermanos que, dondequiera que estén, no se atrevan a pedir a la Curia romana, ni por sí ni por intermediarios, escrito alguno en favor de una iglesia o de otro lugar, ni so pretexto de predicación, ni por sufrir persecución en sus cuerpos; sino que, cuando en alguna parte no sean recibidos, huyan a otra tierra a hacer penitencia con la bendición de Dios.

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Y quiero firmemente obedecer al ministro general de esta Fraternidad y a aquel guardián que le agrade darme. Y quiero estar de tal modo cautivo en sus manos, que no pueda ir o hacer nada al margen de la obediencia y su voluntad, porque es mi señor.

“Y quiero firmemente obedecer…”

Y, aunque soy simple y enfermo…

quiero, sin embargo, tener siempre un clérigo que me rece el oficio tal como se dice en la regla. Y todos los otros hermanos estén obligados a obedecer de este modo a sus guardianes y a rezar el oficio según la regla. Y si hubiera algunos que no rezaran el oficio según la regla y quisieran hacerlo de otro modo, o que no fueran católicos, todos los hermanos, en cualquier lugar donde se hallen, están obligados, por obediencia, dondequiera encuentren a alguno de ellos, a presentarlo al custodio más cercano al lugar en que lo encuentren.

Y el custodio está firmemente obligado, por obediencia, a custodiarlo fuertemente día y noche, como a hombre en prisión, de manera que no pueda ser arrebatado de sus manos, hasta que personalmente lo ponga en las manos de su ministro. Y el ministro está firmemente obligado, por obediencia, a enviarlo, por medio de hermanos que le custodien día y noche como a hombre en prisión, hasta que lo presenten ante el señor de Ostia, que es señor, protector y corrector de toda la Fraternidad.

“Y no digan los hermanos: Esto es otra regla”

porque esto es una recordación, amonestación, exhortación y es mi testamento, que yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, os hago a vosotros, mis benditos hermanos, para que observemos mejor, católicamente, la regla que prometimos al Señor.

Y el ministro general y todos los demás ministros y custodios están obligados, por obediencia, a no añadir ni quitar nada de estas palabras. Y tengan siempre consigo este escrito junto a la regla. Y en todos los capítulos que tienen, cuando leen la regla, lean también estas palabras. Y a todos mis hermanos, clérigos y laicos, mando firmemente, por obediencia, que no introduzcan glosas en la regla, ni en estas palabras diciendo: “Así han de entender”. Sino que, así como el Señor me dio el decir y escribir sencilla y puramente la regla y estas palabras, así también sencillamente y sin glosa habéis de entenderlas y observarlas con obras santas hasta el fin.

Y todo el que observe estas cosas…
sea colmado en el cielo de la bendición del altísimo Padre, y se sea colmado en la tierra de la bendición de su amado Hijo, con el santísimo Espíritu Defensor y con todas las virtudes del cielo y todos los santos. Y yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo, os confirmo, tanto cuanto puedo, interior y exteriormente, esta santísima bendición.

 “Y quiero firmemente que todos los demás hermanos trabajen en algún trabajo humilde y honesto.”

San Francisco